ProfileNirthPhotosBlogLists Tools Help
Photo 1 of 116
1/20/2006

Humor

Lo que realmente me queda por averiguar y comprender es la naturaleza de una carcajada. ¿Qué nos hace reírnos de algo? ¿Cuál es el límite entre el humor sano y la burla ofensiva?
 
Mucha gente se ríe cuando alguien tropieza y se cae. ¿Por qué? ¿Dónde queda la empatía por la persona que ha sufrido el traspiés, y que puede haberse echo daño? Y lo más paradójico: quien se ha caído también se ríe. ¿Es una forma de descargar la tensión sin resultar patético, como sucedería en el caso de llorar?
 
Mucha gente se ríe de lo estúpido, lo feo, lo desproporcionado, lo rídiculo. El niño gordo que en el colegio se sofoca cada vez que le toca hacer ejercicio, la chica que parece un esperpento tal y como va vestida, el hombre que no es consciente de su propia ignorancia y la deja de manifiesto en cualquier comentario. ¿No es cruel y sádico entretenernos con sus defectos? ¿Tanto nos alivia el ver las imperfecciones reflejadas en los demás que disfrutamos hasta el extremo de reírnos de puro gozo?
 
Quizás es un arma de defensa contra el miedo y la pena. Si algo es absurdo o grotesco, mejor divertirnos que asustarnos. Mejor reír que llorar. Pero, ¿para qué existe entonces el llanto?
1/18/2006

Enredo.

Si yo era ella, te odiaría. ¿Cómo podías aceptar así mi amor? ¿Cuánto tenía que luchar por conservarte sin que tú lo valoraras, creyéndome tuya, sin reservas, sin condiciones?
 
Si yo era mejor, te odiaría. ¿Cómo podías merecerme, cuando yo me esforzaba y tú no estabas a la altura?
 
Si yo era peor, te odiaría. ¿Cómo podía merecerte, cuando yo me esforzaba y no estaba a la altura?
 
Si yo no era ella, te odiaría.¿Cómo podías despreciar así mi amor? ¿Cuánto tenía que luchar por conservarte sin que tú lo valoraras, creyéndome tuya, sin reservas, sin condiciones?
 
Si ella era mejor, te odiaría. ¿Cómo podías estar conmigo mientras no hubiera sustita más conveniente? ¿Siempre habías sido tan oportunista, tan egoísta, que me utilizabas hasta que me consideraras inservible, sin pensar en que yo tenía sentimientos?
 
Si ella era peor, te odiaría. ¿Como podías relegarme por una persona que no te aportara nada que yo te pudiera dar? ¿Siempre habías sido tan conformista, tan superficial, que lo mismo te daba yo, que cualquiera?
 
Nada tenía sentido, y sin embargo, todo estaba enlazado como los nudos de un enredo.
 
Yo me odiaba.
1/15/2006

La voluntad del león, un gordo apaleado.

DEDICADO A ZARD, CUYA PASIÓN POR EL FÚTBOL AMERICANO HA CONTAGIADO MI INSPIRACIÓN.
 
Sí, puede que se marchara. Vestida como una puta, tratada como una puta, y siendo, en definitiva, una puta. Pero ella siempre volvía. Lo hace para acallar su conciencia, decían. Sí, puede que lo hiciera por eso. Pero ella, al menos, tenía conciencia. Lo encontraba en el sofá, absorto ante un televisor que emitía una y otra vez  las mismas imágenes, rebobinadas hasta la saciedad. Podía tumbarse junto a él si estaba dormido. Entonces el león amansado se dejaba acariciar por uñas de esmalte barato. Si estaba despierto, mejor pasar de largo. No era ella quien le recordaría cuan bajo habían caído los dos. Vestida como una puta, tratada como una puta, y siendo, en definitiva, una puta.
 
¿Sabes, Jack? se dirigía a él de forma imaginaria. Mejor habrías hecho si te hubieras muerto. Al menos conservarías la dignidad. Porque ahora ni siquiera tienes una vida.
 
Ella le había conocido cuando el triunfaba en el fútbol americano. Muchos jugadores eran estrellas de élite por su velocidad, por la agudeza de sus sentidos, o por su capacidad de estrategia y planificación que hacían de cada partido un duelo de ajedrez donde mente y músuclo sometían al rey balón. Pero Jack aguantaba los golpes con su cuerpo y su voluntad. No importaba lo fuerte que lo placaran. Él era la carne de cañón para que el quarterback se llevara la gloria. Él era un héroe anónimo. No. Un león
Sus méritos jamás le fueron lo suficientemente reconocidos. Un gordo apaleado de niño que de adulto era pagado por seguir siendo lo mismo. No tenía fama, y aquello le dolía. Pero tenía el dinero.
La compró a ella, una modelo lo suficientemente especial como para desfilar y lo suficientemente vulgar como para no ser la chica de portada. Ellos creían que al igual que él, ella no tenía cerebro. Tal para cual, decían. También decían saber lo que ella buscaba en realidad.
Ellos. Jugadores del equipo. Comentaristas. Periodistas, más que deportivos, carroñeros. Se creían los mejores como para despreciar y vejar. Pero es la basura la que huele a la basura.
 
No, él no tenía la fama, ni el respeto siquiera. Aquello, sí, le dolía. Pero tenía el dinero. Claro que dejó de respetarse a sí mismo y la voluntad del león fue aplacada con toda la droga que pudo pagar. Si aguantaba los golpes, aguantaría aquella mierda. No le hacían falta ni la fama ni el respeto, porque él ya se creía Dios. Pero sólo era un gordo apaleado.
Despúes del coma por sobredosis de cocaína, fue el escándalo, y no las secuelas físicas, lo que le hundió en el sofá, absorto ante un televisor que emitía una y otra vez  las mismas imágenes, rebobinadas hasta la saciedad. Seguiría siendo un león en los partidos del pasado, ahora que no tenía futuro.
Aún quedaba el dinero. Al menos, para ella. Vestida como una puta, tratada como una puta, y siendo, en definitiva, una puta.
Aquella noche ella dejó de creer que el seguía llevando a veces la coraza y el casco por conservar su orgullo, como el del caballero en su armadura. No. Él también seguía aguantando los golpes.
1/12/2006

Extraños hábitos.

Idea de http://spaces.msn.com/members/malevadaencruzilhada/

Reglamento: El primer jugador de este juego inicia su mensaje con el título "5 extraños hábitos tuyos", y las personas que son invitadas a escribir un mensaje en su respectivo blog a propósito de sus extraños hábitos deben también indicar claramente este reglamento. Al final, tendrán que escoger a 5 nuevas personas a indicar y añadir el link de su blog o diario web. No olviden dejar un comentario en su blog o diario web diciendo "Has sido elegido" (si aceptan comentarios) y díganles que lean el suyo.

 
-Empiezo a leer todas la prensa y la mayoría de los libros por las páginas del final (no es que me lea las cosas al revés, es sólo que mi curiosidad me lleva a querer saber cómo terminan las cosas).
-Canto por la calle mientras escucho la música de mi mp3, y si la gente me mira, les sonrío (cuando intenten meterme en el manicomio, entonces les pegaré).
-Cuando como me gusta mezlar primer plato, segundo plato y postres, y juego mucho con la comida (hago experimentos verdaderamente repugnantes).
-Me encanta arrastrar los pies por suelos resbaladizos e incluso fingir que patino. (el hostión de mi vida aún está por llegar)
-A la hora de hablar, me obsesiona expresarme con el vocabulario y la gramática adecuados, hasta el punto de parecer una oradora en su discurso, pero siempre aprovecho para intercalar vocecillas agudas y graznidos de cuervos (mejor no me escuchéis)
Los próximos elegidos son:
 

Estilo actual (versos libres)

LO EXIJES AHORA PARA TÍ.
 
Tuyo
Solo te pertenece el recuerdo efímero de un instante que eternizas
Pero ansías el poder sobre lo ajeno
Siendo dueño de tu alma huérfana.
 
Simple
Eres lágrima y risa, día y noche, sueño y despertar
Pero lo quieres tan fácil, que sólo engulles vacío
Y a tu corazón hueco le cuesta latir.
 
Inmediato
Naces para esperar que la vida transcurra
Pero corres tan rápido, queriendo someter al tiempo
Que te acercas al final.
 
EL DESTINO TE CONCEDE EL MIEDO Y EL DOLOR.
1/11/2006

Revelación

MORIRÍA POR RESPIRAR
1/6/2006

Mártir de los sueños

Soy mártir de los sueños.
Cada estigma, un despertar.
Sin causa ni religión.
Sólo en nombre de una canción.
 
Cuando la muerte me arrebate el alma
atada al cuerpo hasta el final del alba
ya no entenderé de sombras ni estrellas.
Son todo anclas y cadenas.
Me retienen y me enredan
a una vida que vale la pena.
 
Lloraré por ella.
No me voy a ir.
Me quedaré a su vera
hasta que me haga reír.
 
Soy mártir de los sueños.
Cada estigma, un despertar.
Dime dónde está Dios.
Le oigo gritar en mi corazón.
 
Cuando la muerte me arrebate el alma
atada al cuerpo hasta el final del alba
ya no entenderé de sombras ni estrellas.
Son todo anclas y cadenas.
Me retienen y me enredan
a una vida que vale la pena.
 
Lloraré por ella.
No me voy a ir.
Me quedaré a su vera
hasta que me haga reír.
1/1/2006

Eco

Algunas veces te sientes tan solo, tan aislado, que dudas de tu propia existencia, porque nada ni nadie parece corroborarla salvo el vacío que hay entre  tu reflejo delante y tu sombra detrás.
La voz se escapa, sumiéndote en el silencio, o te trae el eco del recuerdo caduco, la inevitable muerte del momento. El pasado y el futuro son lo único que define una vida, más allá de la fugacidad de un instante. Dos horizontes tan lejanos e inalcanzables que te conviertes en una pregunta sin respuesta.
Ya que algunas veces te sientes tan solo, tan aislado, que dudas de tu propia existencia, porque nada ni nadie parece corroborarla salvo el vacío que hay entre  tu reflejo delante y tu sombra detrás...
 
12/19/2005

El pozo

Me tragó la garganta empedrada
y quise volar como el grito
hasta las nubes, divino candor.
 
El poso del llanto me ahogó en la nada
y en cada rincón estaba escrito
lo que nos hunde en lo oscuro, el dolor.
 
Imposible escapar con la espada
sin caer en el gesto contrito
de quien aprende lo que es el horror.
12/18/2005

Improvisación II: Desazón.

¿Por qué mi vida es como una noria?
Unas veces arriba, otras abajo.
¿Depende de la suerte y del trabajo?
No me vengas con historias,
eso no siempre es verdad.
No hay triunfos ni victorias
que se puedan conservar.
Tras la risa no hay euforia,
sólo  lágrimas de sal.
Todo sueña en la memoria
si no aprendes a olvidar.
12/6/2005

La certeza: Epílogo

Se sentaron los tres en el comedor, Valère y Mort el uno enfrente del otro, Lira, espectadora. Los fluorescentes ejercían sobre los presentes un haz incómodo.
 
-¿Preparo algo?- ofreció Lira.
Nadie contestó.
El silencio estaba cargado de palabras imaginadas, temidas quizás. Valère empezó.
-¿Qué te gustaría hacer, papá?
-¿Qué puedo hacer?
Valère sentía su miedo contagiando a la estancia de tensión.
-Pregúntame.
Lira trató de intervenir, pero Mort la acalló con un gesto.
-¿Por qué?
Valère hizo un esfuerzo.
-Porque si no, no estaríamos vivos. La muerte forma parte de la vida.
-No, no pregunto eso...¿Por qué lo sabes?
-Bueno, es lo que os explicaron los médicos, yo...
-¿Y qué te han explicado a tí?
-¿A mí, quiénes?
-En la secta esa donde os adiestran.
-¡Mortimer!- le reprendió Lira.
-Déjale, mamá. Déjale que diga lo que piensa.
-Mis últimas palabras, ¿verdad? Me concedes la última voluntad, ¿no es cierto?
-Adelante, papá. Lo creas o no, sé como te sientes. Sé como se sienten todos, cuando lo saben. Yo también lo supe. Pero me han adiestrado para asumirlo.
-¿Qué sabrás tú?. Sabes cosas que no debería saber nadie. ¿Debería sentirme más feliz por saber más sobre mi muerte?
-Debería hacerte valorar lo que tienes antes de que sea demasiado tarde como para hacerlo.
-Ah, ¿y qué tengo? Todo se irá a la mierda, todo se perderá.
-Papá, por favor...
-¡No! Dime. De qué manera. Cuándo exactamente. Dónde.
-¿Para qué quieres saberlo?
-Porque ya que me decís que voy a morir, quiero saberlo todo.
-¿Para qué? Si no puedes evitarlo, ¿para qué quieres ahondar en los detalles que te confirman que eso sucederá, irremediablemente?
-¿No puedo evitarlo?
-No, no puedes.
-¿Cómo estás tan segura?. Dime, ¿cómo sabes esas cosas?
-Nunca te importó en que consistía mi educación, mi formación, mi futuro.
-Puede que la muerte me haya hecho reflexionar.
-No seas cínico.
-Tú eres la cínica. ¿Cómo has podido hacer eso? ¿A cuántas personas les has jodido con tus predicciones que no sirven más que para hacer daño y luego has querido consolar las lágrimas que tú provocabas?
-¡Yo no decidí saber eso! Fue el Estado quien regularizó que las personas como yo les informasen de las defunciones, como se tiene constancia oficial de los nacimientos, para controlar a la población, para intentar evitar la criminalidad y los fraudes relacionados con los agencias de seguros y el derecho honorario...
-¿Y de qué ha servido? De nada. El gran proyecto, toda esa parafernalia, no ha servido de nada. La única razón por la que os mantienen es porque la hija del presidente fue una de vosotros.
-Dime, papá....¿qué pretendes conseguir con todo esto? ¿Qué pretendes cambiar?
-Según tú, no se puede cambiar nada, ¿no?¡ Todo está escrito! La suerte está echada...mierda, estoy jodido y aun así se me ocurren refranes.
-Sólo elejimos cómo vivir.Eso define a la vida. El inicio y el final son insustanciales.
-Así que no puedo elegir cómo, cuándo y dónde morir, ¿no? Como le pasó a la hija del presidente, la fundadora, esa...
-Leah Leavitt.
-Sí, Leah Leavitt...
-Papá, ¿a dónde quieres llegar?
-¿Qué pasaria si yo ahora me volara los sesos, Valère? ¿Eso es lo que tenías pensado para mí? Creo que por la cara que pones no, ¿verdad?
-No puedo decirte nada. En realidad, no sirve de nada. Tú lo has dicho. Pero por favor...
-¡Por el amor de Dios, Mortimer!
-Vamos Lira, Dios no existe ¿ Eso no lo sabéis, Valère? ¿Qué pasa más allá de la muerte? ¿O tampoco conviene decirlo? Lo sabré, claro que sí.
-Papá, ¡no!
-¡Mortimer, suelta la pistola, suéltala!
 
 
No falleció en el acto. El trauma craneoencefálico causado por el impacto de la bala lo mantuvo en coma dos días. Al tercero, Mortimer durmió para no despertar. No, no le dolió. No tanto como la incertidumbre. No tanto como la certeza. No tanto, en definitiva, como el miedo. Valère había sido adiestrada para dejar de temer. Eso le proporcionaba saberlo todo. Y en contrapartida, abandonar la duda, la posibilidad, la alternativa, que la privaba, como tantos, de soñar. Aunque todos dejemos de soñar, tarde o temprano, para dormirnos y no despertar.
 
FIN.
12/4/2005

La certeza: Capítulo tres, segunda parte.

Predictaminar la defunción de un ciudadano conllevaba la posibilidad de solicitar la compañía del Cuervo que hubiera llevado a cabo dicho servicio. Pero Valère no pasaría los últimos días con Mort por motivos profesionales. Valère era la hija de Mort.
 
Vamos a ver, Valère. Intenta recordar todas las consignas que  te enseñaron en Ética de la Tanatología. Cómo mantener las conversaciones, qué temas evitar. Has de ponerlas en práctica, sin olvidar la calidez y el trato preferencial que merece papá. Así sabrá que le quieres. Que siempre le has querido. Aunque se avergüence de que su hija sea "un pajarraco de mal agüero", como rezongó a mamá al marcharte. Ojalá hubieras ingresado antes en el Organismo. Así habrías aprendido a reprimir esas miradas funestas que le lanzabas cuando intuías que todas las personas se dormían para no volver a despertar. Creías que te odiaba, sí. Puede que ahora te odie más.¿ Sabrá que fuistes tú quien tuvo la certeza? Pero a día de hoy sabes que es miedo. Pajarraco de mal agüero. Lo siento, papá. Intentaré que no tengas miedo de mí ni de lo que he tenido que decirte. Si por mí fuera...
 
Valère tomó un taxi que la llevó hasta la casa donde había vivido durante sus primeros doce años. No le hizo falta llamar a la puerta. En las escaleras del porche la esperaba su madre, que la abrazó sin mirarla a los ojos. Valère sentía ganas de llorar, pero se contuvo.
 
 -Pequeña, pequeña...¿Qué vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer? No me importa a dónde haya ido tu padre mientras vuelva. Por favor. Dime qué puedo hacer por él. Qué puedes hacer tú por él- repetía su madre como una cantinela acompañada por la melodía de la tristeza en su voz quebrada.
 
Valère la condujo hacia el interior y le ayudó a preparar chocolate caliente. No dijeron nada. Su madre parecía escrutarla en  las sombras del salón y de vez en cuando le apretaba la mano. Valère escuchaba atentamente el tic tac del reloj, el quejido del viento. Y recordaba:
 
No mencionar el libre albedrío. No mencionar el libre albedrío. No mencionar el libre albedrío.
 
La poca luz que entraba provenía de la farola que había en el porche, como el faro que guía a los perdidos hasta su último refugio. Valère buscó aquella luz. Y distingúió a una silueta inclinada sobre el césped del jardín. Se levantó como un resorte y abrió la puerta.
 
Allí estaba papá. La gabardina mal abotonada dejaba entrever un pijama ajado y bajo él, un cuerpo que había cedido a la erosión de los días, como una piedra a la orilla del mar, agrietado y flácido. Papá se dirigió hacia el portal, calculando tanto sus pasos que se podía apreciar el temblor de sus piernas, la tensión de los hombros, las mandíbulas apretadas. Y Valère comprendió que aquel muro de pensamientos, secretos, y vida era tan vulnerable como las briznas de hierba arrancadas y todavía prendidas de sus dedos. ¿Cómo no iba a odiarla?¿Cómo no iba a temerla? ¿Podría curarle? La pena de Valère se escapó de sus manos, que extendió hacia su padre.
 
-Papá. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
 
Su padre la abrazó. Seguía siendo una piedra porque Valère lo notó acartonado  y frío.
 
-Y tú- pareció recriminarle a Valère- sabes cuánto tiempo queda.
12/1/2005

La certeza: Capítulo tres, primera parte.

Podría haber pensado en Lira. Estaría preocupada en casa; puede que algo más que preocupada. Podría haber pensado en Valère, que había heredado su mirada triste y sí, debía estar triste también. ¿Cómo se sentiría Lira? ¿Cómo se sentiría Valère? Pero Mort sólo podía oírse llorar dentro de su cabeza, muy lejos del paisaje desolado que ofrecía el barrio a aquellas horas, en aquella época del año. Mort se sentía tan solo que podía incluso cuestionar si verdaderamente existía, porque nadie estaba junto a él para confirmalo. Quizás se hubiera soñado durante 53 años.  Mort se obligó a apartar aquellos pensamientos y dio media vuelta hacia casa. Las ganas de pelear hasta el último asalto le vociferaban, como un disco rallado:
 
Mierda, mierda, mierda, todo es una mierda, ¿para que cojones tendremos que saber cuándo morir?. Yo no quiero saberlo, sé que voy a morir, y sólo puedo esperar, joder, por qué, por qué, por qué yo, no, ahora no, no es justo, Dios, por qué, maldita sea, ¡tranquilízate! Sé un hombre, ¿vas a llorar?. Vale, puedes llorar si eso te salva. ¿Por qué esos malditos Cuervos (Valère, tú también, joder, joder), por qué no dicen qué pasa después? Saben cuando vas a morir, como vas a morir, ¿pero luego qué?. ¿Existe Dios?. ¿Seguiré aqui, de alguna manera? ¿Por qué no nos dicen eso? ¿Por qué no se mueren ellos?
 
Había llegado justo delante de su porche, y arrancó con furia unas briznas de hierba helada.
 
¿Dónde está la libertad? No escogí nacer, no escojo morir. Mierda, mierda...
 
La puerta se abrió. Bajo su umbral, una figura desgarbada, vestida de luto anticipado, extendió las manos hacia él, la cabeza gacha, la mirada triste. Sí. Debía estar triste también.
 
-Papá. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
11/27/2005

La certeza: Capítulo dos, segunda parte.

Cada vez que se despertaba, Valère miraba instintivamente hacia el dedo índice de su mano izquierda para recordar quién era y dónde estaba. Allí relucía  un anillo compuesto por dos aros de plata entre los cuales se insertaba un tercero, de azabache. En éste último aro se encontraba el código que la certificaba como miembro del Organismo Nacional de Tanatología. Siempre debía identificarse. El Cuervo en cuestión se detenía ante los lectores de láser en toda puerta que descifraban el código, colocaba su índice izquierdo en el extremo derecho de su cuello y lo deslizaba  hasta el extremo izquierdo. El gesto de degollar a alguien. Zas. Estás muerto. Este macabro ritual se llevaba a cabo varias veces al día: si entrabas en el Organismo, si salías de él, para asistir a las clases de Tanatología, para impartirlas, y por supuesto para graduarte como Cuervo.
 
Valère ya ejercía, pero su tutor le había recomendado que continuara formándose en Historia y Filosofía de la Tanatología, porque a Valère le costaba aceptar los dogmas de la Tanatología y parecía bastante disconforme con su cometido.
 
Todas las mañanas, de 9.00 a 14.00 tenía clase, y trabajaba de Cuervo a media jornada intensiva, desde las 15.00 hasta las 21.00. En el desayuno y la cena se tomaba su píldora de inhibición precognitiva, para que no le asaltaran, durante las lecciones o mientras dormía, las constantes certezas de que alguien, en un momento concreto, en un lugar específico, y de una determinada forma, iba a morir.
 
Salvo en las festividades, cuando veía a sus padres, sus relaciones estaban limitadas al contacto con los otros Cuervos, así como la posibilidad de formar una familia. El extradesarrollo del lóbulo prefrontal estaba determinado por un gen recesivo, de manera que si Valère engendraba hijos con una persona que no tuviera esta característica, no transmitiría dicha característica a sus descendientes.
 
Se podían transgredir las normas, pero aquello suponía una expulsión inmediata del Organismo y la inhabilitación como Cuervo. Valère no podría lucrarse, al menos legalmente, de su característica. Y difícilmente conseguiría otro empleo. Los Cuervos tenían una esperanza media de vida de unos 23 años.
 
-Mucho más de lo que vivió Leah Leavitt- repetía a menudo el profesor Worth,  de Historia y Filosofía Tanatológica.
La formación en Tanatología comprendía 6 años, cuatro de los cuales, en aquella asignatura, se estudiaba la vida y obras de Leah Leavitt, primera persona en precognición tanatológica.
Aquel día había examen oral sobre el tormento de Leah Leavitt, periodo que abarcaba sus constantes padecimientos fisiológicos y psicológicos por su característica. Valère odiaba aquella asignatura.
-Valère (el profesor Worth la conocía de sobra y siempre la tuteaba). ¿Puedes explicarnos los motivos que llevaron a Leah Leavvit a suicidarse con 17 años?
Valère se levantó con desgana. Sus ojos se desviaron hacia la ventana, junto a la cual estaba sentada y dijo recitó, átonamente:
-Leah Leavitt se suicidó el 1 de noviembre, Día de los Difuntos, degollándose el cuello con un cuchillo de plata y azabache, regalo de su abuelo a su padre. Esa era la tercera tentativa, después de lanzarse desde un quinto piso y de ingerir 30 somníferos. Los motivos: Las migrañas crónicas por la hiperactividad de su lóbulo frontal, el desasosiego por las constantes premoniciones, manifestadas en olores y en imágenes, la total incomprensión por parte de su familia y amigos, su internamiento en un hospital psiquiatrico ante el diagnóstico de esquizofrenia paranoide, sus...
-Basta, Valère. Estamos cansados, tus compañeros y yo, de que repitas mecánicamente el temario, sin involucrarte con la significación y trascendencia de la materia. Conozco tus calificaciones: Matrícula de Honor en Biología de la Muerte, en Psicología de la Muerte, en Arte funerario, en Estadística de obituarios. ¿Qué le sucede a la Historia y a la Filosofía? ¿ Te aburren?
 
Sí. O no. Me da igual. Me importa una mierda Leah Leavitt.  Me importa una mierda esta asignatura, me importa una mierda la Tanatología, me importas una mierda tú y me importo una mierda yo. En la vida podemos escoger, y en la muerte no. Entonces, ¿qué coño importa?
 
-Y bien, Valère... ¿vas a contestar?
Súbitamente un aviso por megafonía interrumpió la clase:
-Atención, por favor. Cuervo número 23071296:  Se le reclama en la Recepción de consultas por el predictaminado de la defunción del ciudadano número 6660324520. Repito: Cuervo número...
 
Valère salió corriendo del aula, concentrándose en cada paso que daba para no pensar, no sentir, nada, nada. El momento había llegado. Y no se veía preparada. Puede que el profesor Worth tuviera razón. Puede que fuera un Cuervo con potencial, pero caprichosa e inmadura. No podía. No quería. Y sin embargo, se dirigía con celeridad hacia el momento que más temía. El momento había  llegado.
Cogió el auricular que le tendía la secretaria.
-Aquí el Cuervo número 23071296. ¿En qué puedo ayudarle?
En aquel instante, no habló ninguna voz. Hablaron los latidos de dos corazones en su agónica lucha por bombear sangre hacia la garganta, donde se encharcaba junto al grito contenido.
-Cariño...¿has sido tú?.
11/21/2005

La certeza: Capítulo dos, primera parte.

Cuando Lira se serenó, Mort alargó el brazo, desde el sofá hasta la mesilla, y tanteó el teléfono. La sala estaba en penumbra. ¿Cuántas horas habían transcurrido?
En invierno, pensó Mort, los días son más cortos.
La oscuridad, pensó Mort, se come las cosas.
Aunque no encendió la luz.
Descolgó el auricular y tecleó, mecánicamente, el número de su oficina.
A la voz de autómata de la secretaria le sucedió el graznido imperioso del señor Carpenter, su jefe.
-¡Diga!- le instó
Bastaron unas pocas palabras para que el señor Carpenter adoptara un tono familiar. Afligido.
-Lo entiendo perfectamente, Mortimer. En nombre de la empresa, del departamento de contabilidad, y en el mío propio, quiero expresarte las más sinceras condolencias...
-Sí, sí- masculló Mort- Lo de siempre. Y colgó.
Al girarse hacia su esposa, la vio en la misma postura, con la cara oculta entre las manos. Su respiración era regular. Quizás debiera darle un beso, pensó Mort. Pero no quería despertarla.
Se puso la gruesa gabardina de piel sobre el pijama, y las botas de montaña. Pensó que podía dar un paseo. No solía caminar a menudo, porque el coche era más rápido. No tenía tiempo para pasear. Había tenido que esperar hasta no tener ni tiempo para vivir.
El viento zarandeaba a los pocos transeúntes que permanecían en la calle. ¿Cuántas horas habían transcurrido? Mort  resguardó las manos en los bolsillos.

Hacía frío.

Hacía frío.

Lira buscó entre sueños una manta. Se revolvió y buscó a Mort. No encontró nada. Se levantó algo aturdida. En el recibidor, también faltaban las llaves.

Cocina, baño: - ¿Mort?
Dormitorio, estudio: - ¡Mort!

Vale. Vale. Vale. Se ha marchado. Mierda.

Lira quería volver a dormirse. Corrió hacia el sofá y agarró el teléfono. Ellos sabrían qué hacer, si, ellos lo sabían. Pero, ¿ella deseaba saber?

-Buenas tardes (¿cuántas horas habían transcurrido?) Quisiera hablar con el Cuervo que ha predictaminado la defunción del ciudadano número 6660324520.
-Un momento, por favor.
Lira contuvo el aliento y luego lo dejó estallar en un respingo. Sólo acertó a decir.
-Cariño...¿has sido tú?.
11/17/2005

La certeza: Capítulo uno, segunda parte.

Después de todo, Valère había tenido suerte. Algunos lo olían, otros lo veían. Ella, simplemente, lo sabía. Se encontraba, sin instrucción previa, en el nivel más elevado de precognición tanatológica. Y no sólo se ahorró los hedores y las imágenes de los cuerpos en descomposición. También pudo ingresar en el Organismo Nacional de Tanatología con tan sólo 12 años. Sin embargo, Valère no sentía provilegiada, ni afortunada.

Cuando tenía cinco años, sus padres se percataron de que Valère se había convertido en una niña introvertida, distante y patológicamente miedosa. Entonces tenía la edad suficiente para sentir que iba a morir desangrada. Pero era demasiado pequeña para precisar en qué momento se produciría. Tuvo que esperar hasta los ocho años para saber con exactitud que ocurriría dentro de mucho tiempo, y no en cualquier ocasión, como hasta entonces había inferido. En cuanto lo descubrieron, sus padres la llevaron al pediatra. Valère, empezaban a intuir, sería un Cuervo.


Las resonancias magnéticas, los escáners cerebrales y los análisis neuroquímicos  pusieron de manifiesto que Valère tenía un lóbulo prefrontal más desarrollado de lo normal. Esta estructura es la encargada de la planificación de las tareas, la anticipación de los acontecimientos y el concepto de temporalidad, entre otras cosas. Y las conexiones nerviosas de Valère no sólo le permitían prever las consecuencias de determinadas acciones. También sabía cuándo, dónde y cómo iba a morir. Una certeza más que sofisticada.

 

Pero después de todo, Valère había tenido suerte. Porque no era la primera, y muy probablemente, tampoco sería la última persona con precognición tanatológica. No, a ella no la encerrarían en un hospital psiquiátrico por considerar que sufría alucinaciones esquizoides. Tampoco la tildarían de bruja o demonio. Y no tendría que convivir con su característica (don, maldición) sola. El gobierno estaba informado de las útiles prestaciones que ofrecía la precognición tanatológica. Porque en un mundo donde el conocimiento nos hace libres, y por tanto, felices, las circunstancias que concretaban la muerte eran un derecho al que todo ciudadano debía acceder. De esta manera, el presupuesto estatal se destinó a la creación de un organismo que acogiera y educar a a los que luego serían llamados los Cuervos.

11/15/2005

La certeza: Capítulo uno, primera parte.

Decían que si lo sabías, todo sería mejor. Sí, eso le habían dicho a Mort. Llegaba la carta, el membrete negro, y ya lo sabías. Iba a pasar.

A Mort le daba la impresión de que era peor el remedio que la enfermedad. Y la analogía se ajustaba perfectamente a aquella situación, en sentido figurado y literal. Porque la espera del suceso había sido sustituida por la espera del aviso sobre el suceso. Y a Mort también le habían dicho que entonces, siempre, siempre, piensas: quizás pueda impedir que pase. Porque te da tiempo a pensar. Y en estos casos, lo sabía muy bien Mort, en estos casos, no se debía pensar nunca.

Mort era un tipo que no pensaba mucho las cosas. Porque cuando estás pensando, no puedes actuar. Y mientras, el tiempo pasa. Ah, el tiempo. Te das cuenta de él hasta que te falta, como el aire. Y  todo, pulmones, corazón y alma, si es que existía, se iban al carajo.

Aquella mañana de noviembre había llegado. La carta. El membrete negro.

Mort sabía que no tenía por qué abrir el sobre, pues estaría vacío. Así lo había concretado él, por recomendación de su médico. No quería saber dónde, ni cómo. El por qué era evidente. El para qué, desconocido. Pero los Cuervos ya se encargarían de averiguarlo. Si es que no lo habían descubierto todavía.

El cuándo saltaba a la vista. La cuenta atrás empezaba en el mismo instante en que recibías el aviso. Y terminaba tres días después. Podía especificarse la hora exacta. Pero Mort tampoco había querido saberlo.

Mort se acarició la barbilla, lentamente. La otra mano sostenía el membrete negro. Afuera llovía. Estúpidamente, Mort susurró: Dios llora por mí. Se dio una palmada en la frente y se sentó frente a la mesa. El café había dejado de humear. Ah, el tiempo. Te das cuenta de él hasta que te falta.

A su espalda, Lira dio un respingo. Deslizó sus manos por sus hombros y lo abrazó. A Mort le sorprendió que no temblara. En lugar de eso estaba rígida.

Pasaron unos cuantos minutos hasta que Lira preguntó, con voz queda:

-¿Seguro que no se han equivocado?

Mort negó con la cabeza y se giró hacia su esposa.

Se miraron. Mort pensó que quizás debiera besarla. Pero sólo pudo acurrucar su cabeza en su pecho.

-Te quiero- dijo.

-No....no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO...!

Lira aullaba.

Mort iba a morir.

11/13/2005

La certeza: Prólogo.

NOTA DE LA AUTORA: ESTE RELATO CONSTARÁ DE UN PRÓLOGO, TRES CAPÍTULOS Y UN EPÍLOGO. LA COMPRENSIÓN DEL TEXTO, SE PRODUCIRÁ, POR LO TANTO, CON LA LECTURA DEL TEXTO COMPLETO.


Por muchas veces que lo hubiera visto, a Valère no dejaba de resultarle fascinante lo que Dana llamaba poder: La multitud siempre se dispersaba con solemnidad ante la presencia inequívoca de un Cuervo.
-Esto es poder- lo llamaba Dana.
¿El poder del miedo?- se aventuraba Valère.
-Es un ejercicio de futilidad temer a lo evidente- sentenciaba Dana.
-¿Por qué hablas así?- se incomodó Valère
-¿Cómo?- se sorprendió Dana
-No sé...La gente se aparta de un Cuervo porque saben que son portadores de malas noticias, y las noticias, sean buenas o malas, se extienden...se contagian. Nadie quiere contagiarse del anuncio de un Cuervo.
-Otra necedad: A cada individuo le corresponde su noticia, y ésta le llegará independientemente de si se acerca a un Cuervo o se aleja de Él.
-Quizá sea respeto.
-Respeto. Admiración. En definitiva, poder.
-No creo que nadie admire a un Cuervo.
-¿Ni siquiera tú, Valère?
-Alguien tiene que hacerlo, eso es todo. Alguien tiene que hacerlo.

11/10/2005

Imagina y será.

Te creo, te fías
Promesa, profecía
Los ojos esquivan
tapad, tapad
se enfría

Harapos y heridas
corremos cortinas
tapad, tapad
se enfría

Te enredo, me lías
Apología,herejía
remiendos de espinas
tapad, tapad
se enfría

Realidades raídas
urdimos mentiras
tapad, tapad
Se enfría

Imagina y será.

11/8/2005

Improvisación: El arranque de la rabia

Siempre se quejan.
Son como viejas.
Todo les duele, todo les cuesta.
Fruncen del ceño, arquean las cejas.
Rebaño de idiotas ovejas.
¿Quién nos guía, quién nos aconseja?
Decís que Dios os ha abandonado.
Pero es que miráis a otro lado.
Quizás nacisteis ya cansados.
Es el destino, claro.
La vida te pega tantos palos...
¿Que sabrás tú de lo bueno, sin lo malo?
Así te pierdas.
En la más profunda mierda.
Y cuando vuelvas.
Que la sangre te hierva.
Mejor que tristes, enfadados.
Los brazos preparados, no cruzados...
 
¿CONTINUARÁ?
11/6/2005

Sobre ИüĦЯiŦ

Algunas personas de las que me leen se preguntan cómo soy por lo que dejo entrever mediante mis escritos. La mayoría se plantean qué me inspira a la hora de idear mis poemas, relatos y reflexiones, que suelen versar sobre el miedo, la desesperación, la tristeza y el dolor. Se imaginan a una chica depresiva, sádica y morbosa.
 
Me gusta decir lo que nadie ha pronunciado todavía, porque si no, prefiero escuchar a mis predecesores. Y muy pocos ahondan en ese aspecto tan característico de la existencia, que es lo oscuro, lo macabro y lo melancólico. Una parte en mi vida muy importante porque me ha hecho redescubrir y valorar precisamente lo hermoso, lo placentero y lo alegre.
 
Quizás ese sea el mensaje final que deseo trasmitir. Y es que el sufrimiento puede llegar a eclipsar la felicidad, de la misma manera en que muchos de mis lectores obvian que yo también escribo sobre el amor y la plenitud. Cuando en el fondo lo grotesco debe remarcar lo bello. Las lágrimas deben contener una sonrisa.
11/3/2005

Retazos

Si se cansan tus brazos,
acógeme en tu regazo.
No escupamos amargo rechazo
que nos separa, y damos bandazos
no importa a dónde, no importa a dónde.
Solos, tú y yo.
 
Estrechemos bien fuertes los lazos
y así dibujamos descalzos
horizontes con nuestros pedazos
de sueños y huellas, a trazos
no importa a dónde, no importa a dónde.
Solos, tú  y yo.
11/1/2005

El letargo

Era una tarde oscura
en la que yo regresaba al hogar
cuando mi hijo, con premura
me vino a alertar:
 
-Mamá no se levanta.
Creo que está enferma.
Se esconde bajo las mantas
y dice que hiberna.
 
Un intenso escalofrío
me estremeció el corazón,
y extrañado y confundido,
me dirigí a la habitación.
 
-¿Qué te ocurre, mi amor?
-pregunté, no sin temor.
 
Postrada en la cama,
con las ventanas abiertas,
su frente ardía en llamas,
pero estaba despierta.
 
-Quiero vivir un ensueño
dentro de mi madriguera,
ver marchar al invierno
y esperar la primavera.
 
-¡Hijo, tu madre se pierde!
Avisa al cura y al doctor.
¡Mi alma, mi vida, se muere!
-grité presa del terror.
 
-Llévame a la nieve- pidió.
 
-¡Deliras!
-¡Mentira!
 
-Llévame a la nieve- ordenó.
 
El doctor y el cura
hicieron su aparición
Suplicamos ayuda
Y ésta fue su solución:
 
-Ya está en manos de Dios.
 
-Llévame a la nieve- imploró.
 
Y en la helada escarcha
contemplamos sus dolores,
su despedida y su marcha
creciendo entre ella, las flores.
10/31/2005

Todo sana hasta que muere

Hay heridas que están muy dentro de tí, y como nadie las ve ni las toca, nadie puede curarlas, sólo tú, y estás demasiado herida como para hacerlo.

Me gustaría poder perdonarte, porque la frustración, el resentimiento, la ira y el dolor se diluirían con lágrimas amargas que darían paso a una expresión serena y sabia.

Pero sé que tú no te arrepientes.

Y el paso del tiempo sólo me deja el recuerdo de que me aleje de tí, de que me aleje de todos.

Todo sana hasta que muere. Y yo ya no sé que hago aquí.